El personaje se topa con un papel en medio de la barra del bar. Un café y un vistazo. Todo puede tener su momento. Se le ahogan los ojos en medio de tantos artículos con letras enormes, políticos totalmente hundidos vendiendo su jeta, como si no pasara nada en este mundo, pero el personaje pasa las hojas sin mirar demasiado, y llega el café y en ese momento, sin quemarse, toca la taza con los labios sin apartar la mirada de un pequeño título que tiene que ver con escribir. Deja el café, rápidamente, y coge el periódico como si se le fuera a escapar, pareciera que lo fuera a destrozar, por si alguien se acerca con ganas de arrebatárselo, lo coge, lo recoge, lo esconde, en otros tres dedos la taza de café y huye hacia un rincón de la cafetería, una mesa alejada, donde pueda degustar esas letras que espera y ansía que le digan algo, que le den sentido a su vida.
Ha llegado, se ha sentado y ha olvidado el café, obseso con esa pornografía literaria tan evidente, tan detallada, tan espléndida. El día se adorna de una mancha alegre, el café ya frío, sobre el papel, no sabe si sobre la camisa y mira hacia todos lados, con la intención de vigilar si alguien lo ve en su atraco, robo descarado de una hoja de papel, un trozo, un artículo, que nadie quiere ni ver, pero del que piensa que es un pequeño tesoro que, en ciertos momentos, le va a equilibrar la temperatura vital, su emoción diaria.
El personaje huye, pero antes paga, con rostro serio, su café, sin esbozar ni una leve sonrisa, con un sentimiento de culpabilidad claro.
La puerta es pequeña para su velocidad, casi choca, en su roce, en su huida y la gente, con la calma chicha de quien no trabaja ni quiere, de quien no tiene adónde ir ni lo desea, de quien sale a husmear con paso de tortuga y mirada de lince a ver qué salsa encuentra para la vida perra diaria, se interpone en su camino, porque la lentitud y la mirada fija y escrutadora provocan, quieren provocar, esperando que surja algo, una chispa, donde la electricidad está cara y casi desaparecida, donde un pequeño morbo puede alegrar la tristeza infinita de una humanidad dormida.
Pero no ha caído en la trampa, no ha mirado hacia atrás, no ha querido arriesgarse ni mostrar el menor indicio de su acto sagrado, personal, único. Sonríe en sus adentros, no vaya a ser que se note en su caminar y cualquier ciudadano que se cruce se espante de una gota de alegría manifiesta. La ilusión del personaje. ¿Qué más quiere hoy? ¡Qué más da todo! Nada, nada, la nada. Y sueña con un rincón para leer y releer sobre la escritura, el tema que siempre le produce pálpitos, extravagancias, nueva vida, el nervio del que la vida carece en los momentos más repetidos.