Siempre los miedos. Toda clase de miedos. Y escribir. Aparece ahí, de pie. Provocándome como tantas veces. Sólo para bailar un rato conmigo. A lo mejor me sonríe. O me empuja a la calle de la amargura. Pero ahí está. Como si me adivinara mi deseo. Un impulso que pudiera ser transparente. De ahí su aparición.
Definitivamente quiere que reflexione. Que piense que lo tengo. que me posee. Que me debo quedar con él. Y, si miro un poco, puede que lo confunda con la vergüenza. Todo te da vergüenza cuando eres un niño ingenuo, toda la inocencia como una sábana alrededor de ti. Un amplio trapo limpio que no se despega de tu mente, de tu mismo cuerpo como una barrera, como un muro de contención.
Miedo a que conozcan tus rincones exclusivos. Rincones de una supuesta perversidad inimaginable en esa carita primigenia. Rincones supuestamente maravillosos, o algo maravillosos, que ocultas porque te pueden poner más rojo que los más perversos. Rincones que defiendes con todas tus fuerzas.
Miedo a una violación de una intimidad que ya podría estar más al aire. O entre el aire y el sol. O entre el sol y la noche. Ocultaciones. Para qué a esta alturas. Para qué antes de ahora. Una mente educada. Inducida. Sobrellevada. Dirigida.
Los miedos a escribir se difuminan y te lanzas al ruedo con la improvisación que se mueve entre el buen sentido y la locura. Así las sensaciones disfrutan más de ellas mismas. Das ocasión a que se reúnan y se miren a los ojos, más abiertos que de costumbre, más propicios a sonreír y expresar el gozo de la espontaneidad alocada.
O el miedo es a mostrar. A que alguien pueda verlo. A que descubran lo que no pretendes. A que conozcan detalles que no quieres que conozcan y que nadie -convéncete- necesita conocer. Te puedes quedar tranquilo. Escribir es tuyo pero no eres tú. Escribes de tantas cosas diferentes, personas variadas, experiencias extraídas, lecturas realizadas. Hay que atenuar ese miedo. Maquillarlo. Difuminarlo hasta desaparecer. Conjugar un adiós definitivo al miedo. Si es posible.