Un día, un momento, de repente me doy cuenta de que un rato de soledad se me presenta. Me ofrece el tiempo plano, ante mis ojos, muy abierto. No se sabe cuánto durará, pero aparece con visos de alargamiento. Me tienta con la mirada, me guiña una y otra vez, me cita como si yo fuera un toro que debe embestir. Y, en lugar de lanzarme con todas mis ganas, escarbo el suelo con las patas delanteras. Una y otra vez. La manifestación del regusto que se siente ante el placer que llega. Ante un viaje que se va a emprender. Ante un encuentro en el que uno se las promete tan felices.
Todos los condicionantes se han aunado y mi aliado, el silencio, se me coloca al lado. La luz me imprime un optimismo que siempre ayuda. Y la alegría de un espléndido sol mañanero, abierto, que también te dice aquí estoy, todo mi calor contigo. Y con la consabida humildad me acerco y toco el libro, dispuesto a concentrarme y gozar de un emocionante encuentro. Con el placer al que se llega cuando intervienen estos elementos, juntos, que apoyan la decisión, para disfrutar los tramos de viaje, para vivir al limite, si es posible. La aventura que llega con la novedad que te hace estar despierto, con ganas, pero sin ansias, con la calma con la que debo emprender el recorrido, atravesar ese desierto.
Y leer sin prisas, con el descubrimiento de esa idea, con el reconocimiento de esa palabra, con el aprendizaje de esa forma de expresión que me llama la atención. Y, de vez en cuando, al sentir un leve cosquilleo en la cabeza, me detengo y releo el párrafo, la frase que me ha hecho sentir un placer especial y vuelvo a leerla para intensificarlo.
Leer así también me hace detenerme para pensar en ello. Y puede que, al insistir, me lleguen otras ideas primas hermanas de las recién leídas. Y quizás deseen juntarse de nuevo, establecer una cita para repetir el encuentro y profundizar de otro modo o evocar juntas la hermosa aventura vivida. Y, siempre con calma, despierto, dispuesto a dilatar el tiempo.