Pereza es la primera palabra que me llega. Viene como alguien impaciente que quiere avisarme de un peligro. El peligro de la impaciencia que mi cuerpo y mi mente, juntos en esa cuestión, han captado en el devenir de la vida que llevo. Puede haber resultado lo más fácil, pero se han aunado en ese tema. Como si los demás no existieran.
Ha venido la pereza respondona, se diría que chulesca. Como si su iniciativa fuera la más importante, superior a todo lo que quiera competir o incidir en la vida de uno. Apabulla cuando llega, calla cualquier intento de justificación aunque ni siquiera se tratara de un lamento o una incursión espontánea en una posible conversación. Sucede. Cae la bomba. Explota ante tus narices. Te hipnotiza, te ata de pies y manos, te derrumba. Caes fulminado. No tienes nada que decir. Cualquier intento de no sometimiento es inútil. Estoy vencido.
Si acaso da tiempo a bajar la mirada, a remover con lentitud el fuero interno y buscar alguna salida, una reacción que no perjudique al mismo ser. Tanteo posibilidades que, tras alguna de las puertas, me permita un estiramiento, aunque me fuerce a reptar por el hueco.
Pero antes me asombra la inmensa docilidad, la aceptación incuestionable de toda orden, de cualquier planificación externa a mi mismo, que llega vociferante pero fácil, con la suavidad de lo que se aparca sin contemplación pero con una fuerza que detenta una amenaza avasalladora. Me pregunto qué me inmoviliza, qué me detiene todo incipiente pensamiento o toma de posición. Se podría pensar en la poca valoración de uno mismo, en el querer evitar todo conflicto, en el miedo a la soledad o aislamiento, en la disminución de los elementos imprescindibles, de tipo fisiológico o psicológico, para afrontar los diferentes embates de una vida, para enfrentarse a la vida misma. La falta de valor en tiempos complicados. El miedo a la aventura. El pavor ante lo desconocido. El deseo de paz, aunque se trate de una paz dolorosa de un vencido, humillado, dormido. La aniquilación de la voluntad. El olvido de uno mismo. El desaliento. La confusión. La confesión. La culpa. Alguna culpa. La que produce una sensación de vacío. Una vergüenza. Una falsa modestia. Un desatino incomprensible.
Y, por qué no, la pereza. La pereza que comenzaba arriba y la pereza que aquí termina. La pereza como envoltorio de un pack de palabras y frases que se han convertido, finalmente, en un texto. La pereza de escribir, por ejemplo.