miércoles, 26 de marzo de 2025

Mantener el hálito

 



Lo previo es poner los codos en la mesa, ensamblar las manos bajo la barbilla y dirigir los ojos hacia abajo. O mejor, cerrarlos y abrir los otros ojos, los que se encuentran dentro de la cabeza para ver desfilar las imágenes más variadas que, tantas veces, a gran velocidad, recorren esa indefinible pantalla. Mejor no mirar por la ventana. A menos que quieras detener el proyector interno que, si por él fuera, estaría funcionando sin descanso. 

Por momentos respiras, incluso profundamente, para que a continuación siga un rato más largo que no roce siquiera la inspiración que se proyecta. Pero notas que todo adquiere un ritmo frenético. No es fácil detener o aminorar el desfile. Si por casualidad cierta imagen te llama la atención, haces cuanto puedes por detenerla. Supone un gran derroche porque hay fuerzas desconocidas que frenan esa voluntad tuya de selección. 

Pero ya la tienes. La has escogido porque te ha llamado la atención con más vigor que otras anteriores. La miras. La enfrentas. Quieres fijarla. Que quede lo más inmóvil posible. Para poder acercarte a ella. Quieres familiarizarte. Por eso te pones a su lado, la quieres tocar con suavidad, comprobar si te deja aproximarte. 

En realidad, lo que deseas es dominarla un tanto para poder utilizarla como punto de partida de una indagación. Deseas que, a partir de ese movimiento, puedas penetrar en su interior y desplegar las múltiples secuencias que puedan derivar de ella misma. Abrir diferentes caminos desde ahí. Vías. Posibilidades. Un devenir u otro. Un camino que encuentres más atractivo. O, al menos, reconocerlo como el entorno más adaptado a tu quehacer, a tu pensamiento. A ti mismo. Algo que te encante de tal manera que, si se reúnen las circunstancias propicias, pueda alojarte durante una buena temporada. 

Y tal vez en ese caso bajarías las manos y abrirías los ojos físicos. Tomarías lápiz y papel y escribirías notas que describan y atrapen la idea, el entorno, algún detalle, alguna palabra, un pensamiento robado, unas frases atinadas, llamativas. Alternarías los ojos cerrados con los ojos abiertos. Las manos bajo el mentón con una mano que fija el papel y otra que agarra el lápiz con determinación por miedo a que todo se vaya al traste. Posiblemente la respiración se agite y los latidos cordiales dejen de ser tan plácidos. Como sucede cuando la emoción te embarga. 

Pero quizás debas intentar dominar a ese corcel que, si no lo impides, se desboca. No te precipites. Cogerías las riendas con decisión. Aunque corres el peligro de que te traicione ese hálito que te conduce y te mantiene en ese estado envidiable. Sé que en este punto tienes miedo de abandonar, de que todo te abandone. Los grandes esfuerzos se pagan y posiblemente carezcas del suficiente resuello. O tal vez no. 

Me resulta fácil advertirte. Pero, si puedes, no desfallezcas. Ármate cuanto puedas con las armas de la emoción y de la suma paciencia. A lo mejor tu respiración es más alargada. Y tu corazón más resistente. Y tus conceptos tienen más fundamento. 

Y, si no es el caso, persiste. Inténtalo una y otra vez. La simple tentativa ya es una aventura atractiva. Y ese ejercicio de manos-ojos-cabeza resulta beneficioso. Como una bendición. Como algo que te vacía y deja que todo tú se renueve. Nueva sangre, nuevas ideas, nuevos comienzos. La misma vida.