viernes, 7 de marzo de 2025

Mejor callar

 Mejor callar. Sellar la boca para no emitir los pensamientos que fluyen por la cabeza. Para no desarrollar las reacciones a lo que se ve. A lo que los ojos estupefactos descubren. A lo que los ojos tan vivos contemplan. Incluso procurar que los ojos no expresen nada. Habría que dejarlos fijos, inmóviles, sin expresión alguna. Practicar el silencio, el no expresar de ningún modo la aprobación o el desaliento, la reacción positiva o negativa, la sorpresa alegre o el escándalo ante una escena, una situación, unos hechos. 

Mejor colocarse en la otra orilla. La orilla de los seres inanimados. De la viveza a la muerte súbita. Del juvenil saltar por todo al avejentado inmovilismo de los que no deben o no pueden o no quieren pronunciarse. Quizás no tengan derecho. Quizás les dan por consumido su tiempo. Quizás, al cambiar las consideraciones, han perdido el tacto oportuno en la intervención. Incluso el derecho a la intervención. 

A lo mejor pasó tanto tiempo que se está sobrepasado. Que los argumentos de otro tiempo ya no pueden ser entendidos ni admitidos. Lo que fuera normal ahora es grave. Como si una gran hipocresía se hubiera extendido como un enorme manto que lo cubre todo y domina la vida del momento. Como si ese manto cubriera todos los valores antiguos ya, los hubiera tapado, condenado, perseguido, eliminado para enaltecer otros valores tan superficiales que denotarían un mundo cada vez más descafeinado, mezclado, confundido, extenuado, aparente. La apariencia como una extensa manta encubridora de no se sabe qué intereses. De intereses menos humanos, aparentemente más humanos. Menos firmes, aparentemente más airosos. 

Mejor callar, permanecer en un círculo cada vez más pequeño. Perder poco a poco el contacto con el exterior. Para no contaminarse y, sobre todo, no errar y ser condenado por la cuestión más simple e inofensiva que ahora ya es ofensiva y perseguida a muerte. 

Callar. Quedarse en una burbuja. No asomar la cabeza ni alguna otra parte del cuerpo ni de la mente. Convertirse en una planta, aunque sea una planta que va a menos y que no necesita riego porque ni crece ni padece ni brilla ni se convierte en árbol de frutos frescos. Una planta silenciosa que, si sufre, ni se nota. Pero todos se aseguran de que no haga sufrir, de que no rompa el nuevo ritmo, la nueva filosofía, tan simple, tan sencilla, tan reluciente. 

Mejor callar. Desviar los pensamientos y las reacciones hacia adentro. Ampliar el mundo interior con todo lo que en otros momentos hubiera salido al exterior. Realizar una verdadera y decidida mudanza hacia un mundo rico interno. Dar la espalda a lo vivido fuera por el miedo a ser perseguido, a ser señalado y apartado como descatalogado, fuera de toda línea actual, como si la verdadera desaparición se hubiera producido. 

Mejor callar, no expresar, no mover ni un ápice del cuerpo, no vaya a ser interpretado de un modo desatinado y fuera del actual contexto. Que aún hay miedo a avergonzarse, a pisar el fango y hundirse sin remedio y quizás con mofas y desprecios. Bienvenido al silencio.