Sara se ríe. No cree en absoluto en lo que le dicen. El sentido común la respalda. Se ve mayor para procrear. Entorna los ojos para pensar en la posible causa del vaticinio. Por qué se lo anuncian como si el emisor fuera un profeta. Quizás se toparon con una pizca de su antigua hermosura. A lo mejor observaron esa placidez que siempre le acompaña. La que hace sonreír a sus admiradores mientras, durante más tiempo del acostumbrado, la contemplan. Puede que hayan notado la viva complicidad que mantiene con su esposo. ¡Se plantea tantas cosas!
Pero nada le preocupa sobremanera. Lleva una existencia calma. Más tranquila que cuando realizaba tantos quehaceres. Ahora camina despacio por la vida, tantea los obstáculos, pisa todo con la conciencia que sabe sopesar, mientras la cabeza examina, recuerda, establece vínculos y extrae conclusiones.
Y los ojos y los oídos, tan despiertos, atienden al aire que corre, a la brisa que acaricia, a los sonidos que siempre significan algo, que denotan una situación aquí y otra allá, a los restos de conversaciones que capta a su paso. Y, entretanto, sus ojos observan el paisaje, la luminosidad a su alcance, los rostros que transparentan alegrías y tristezas, la mayor o menor fe en la misma vida.
Sara sonríe mientras camina. Por momentos piensa que se encuentra en la mejor fase de su vida. Y, a medida que da los pasos, con la breve sonrisa en sus labios, siente todo y lo coloca en su sitio. Lo acepta, lo amolda y procura darle un sentido. Y Sara siempre adelante con su sonrisa.